domingo, 23 de febrero de 2014

Luciérnagas al atardecer


Es cierto, el tiempo verdaderamente se detiene. Lo primero que recuerdo es el chirrido punzante de las pastillas de freno al friccionar los discos. Después de eso, flotas, y  te sientes drogada mientras el sabor alcalino de la sangre te inunda los labios.  Pero si algo no se olvida nunca, esas son las luciérnagas. Un zumbido constante te taladra los oídos mientras ellas te flashean y danzan caóticas alrededor de tu cuerpo casi inerte. Azul policía, naranja ambulancia… Jocosas ellas pululan entre la barbarie quebrada y la adrenalina anestesiante.

-Médula seccionada. Lamentamos informarle que su padre no volverá a caminar.- Así, en un segundo, se vuelca un coche y una vida. Ese día juré que jamás olvidaría la cara del cabrón que se llevó las piernas de mi padre. Quién me diría que la suerte macabra le convertiría en mi compañero de los cursos de antropología.

-Su nombre, por favor-, dijo Johannes. Absorta por aquel título reaccioné asustada ante el codazo de Kimi.

– ¡Vamos, vamos! Contesta- dijo ella.

-Alma, mi nombre es Alma De la Garocha-, respondí aturdida sin poder apartar la mirada de aquel cuadernillo: “Antropología de la religión: Ritos funerarios y magia en la escuela Voodoo”. Ese día, mientras la pequeña Kimi farfullaba, conocería al doctor Johannes Strauss. Hierático y de facciones duras -típicas de estirpe germana- mantenía el encanto hipnotizante de aquel que se ha criado en la sureña y embriagadora Nueva Orleans.

Los días transcurrían en el aula al ritmo de viles ánimas y liturgias negras. Mi mente, profundamente obsesionaba, aún no comprendía aquel funesto destino. En cada cruce de miradas con Julio, me convencía de que no existe tortura más cruel que aquel que ha despedazado tu vida ni siquiera recuerde tu cara. ¿La sensación? La rabia paraliza tus nervios y te oprime el pecho. El odio toma las riendas, y entonces, algo cambia en tu vida.

Un martes cualquiera Johannes anunció que tendríamos el placer de asistir a una clase práctica sobre magia lóbrega en Haití. Así, nos introdujo en algunos conceptos básicos de la brujería negra. Entre loas, supersticiones y animismo nos encomendó realizar una muñeca sagrada de protección. Obsesionado con el método, repetimos ad nauseam los procederes rituales estipulados. Diez gramos de tiza blanca, dos cordeles de esparto, una muñeca de trapo, cinco clavos oxidados y un puñado de sal.

-Felicidades, el ritual ha sido completado. Ahora ya disponéis de vuestro propio fetiche mágico- espetó el doctor Strauss.

Asimismo, Johannes nos recordó que de algún modo las palabras rituales pueden llegar a ser cautivadoramente tenebrosas, y ciertamente mauvais dieu lo era. La ceremonia iniciada en clase correspondía a una de las vertientes blancas de la magia voodoo, sin embargo, el doctor Strauss confesó que el verdadero poder descansaba en el mauvais dieu.  -¿Mauvais dieu?, ¿A qué se referiría?, ¿Qué sería aquello?-. Profundamente intrigada, recopilé toda la información disponible en la red referente a aquel rito. Sumergida en un mar fotos en blanco y negro, animales sacrificados, cabello humano y cenizas, entre aquella taumaturgia macabra, encontré una tesis doctoral bajo la autoría del propio Johannes, su nombre: “Mauvais Dieu o el Dios Malvado”.

Si bien en clase practicábamos con tiza, cordeles y muñecas de trapo, el mauvais dieu versaba de alcohol, sangre, huesos calcinados y restos humanos. Sorprendentemente uno de sus usos más habituales eran los ritos de amarre. Con notables ansias de saber, solicité una tutoría en la que buscaría respuestas. Allí, reunidos en su despacho envuelto por una atmósfera de polvo y decadencia, dubitativo, el profesor Johannes finalmente accedió a facilitarme todo aquello que deseaba saber.

-Querida Alma, los ritos de amarre consisten en ligar el espíritu de dos sujetos. Tradicionalmente el del vial y el del contenedor.-

Las dudas asaltaban mi consciencia mientras Johannes proseguía con su exposición.

-Es simple, curiosa Alma, al vincular sus ánimas es posible proceder a la fase de transferencia vital-. En dicha fase el vial de salud, o sacrificado, cedería su vida a cambio de que el contenedor recibiera toda su esencia vital.

-Entre los prosélitos voodoo se llega a hablar de chamanes que jamás envejecen mientras la ciudad marchita y perece. Pero ya se sabe, esto no son más que supercherías.- dijo él, invitándome a abandonar su despacho consumido el tiempo de la reunión.  Atemorizada pero decidida, disipé toda duda, si aquello era cierto mi padre volvería a caminar.

-Vamos Alma, ¿En serio que no quieres un poquito de cerveza?-

-No gracias Kimi, estoy bien- Realmente me hubiera bebido dos barriles de cerveza para apaciguar los nervios, pero aquel día necesitaba estar totalmente sobria. Mientras me libraba de Kimi y los demás, me perdí entre aquel caos de sudor, alcohol, rock y proclamas comunistas trasnochadas.

-Un mini de kalimotxo, por favor.- Le dije a la punki de aquella barra de bebidas en el pasillo.

-Son 4 euros. Precios populares y solidarios.- respondió.

Ocultándome de las miradas extrañas, diluí abundantes pastillas en aquella bebida. Ensimismada, contemplaba como los tranquimazines, que algunas noches arrinconaban las penas de mi padre, ahora se disolvían en aquella mezcla.

Ojeé entre las multitudes hasta que finalmente di con ese bastardo. Allí se encontraba él, Julio apestaba a porros y a licor barato. Jactándose ante las chicas de Contrapoder  y 1º de Mayo sobre sus hazañas sexuales y las legendarias cualidades de su hígado, le ofrecí mi bebida.

-Julio, eres pura charlatanería. Seguro que con este mini no puedes.- dije.  Pero aquel cabrón no dudó un solo segundo en ingerir mi cocktail “viaje a la tranquilidad” de un único trago. Los efectos fueron casi inmediatos, en apenas unos minutos empezó a tambalearse y a aquejarse de fuertes náuseas.

-Está demasiado borracho. Le acompañaré al baño para vomitar y despejarse-. Ninguno de los presentes mostró reparo alguno, estaban demasiado entregados al alcohol y al fervor de la música punk. Sobre mis hombros cargué su inconsciencia y destino. Encerrados en uno de los lavabos rebusqué en mi bolso las herramientas necesarias.

-Una falange, dos dientes y un mechón de pelo.- Trataba de recordar con exactitud las palabras que pronunció Johannes. Nada podía fallar.

Primero fue el dedo índice, tomé con decisión los alicates. Un corte sucio cercenó el hueso astillando la falange, los crujidos arenosos desgarraban la carne. Sentí un asco profundo, pero introduje mis dedos en su boca para continuar con los preparativos. Con movimientos rechinantes conseguí arrancar ambos dientes, pero una de las raíces se partió insertándose entre la carne rosada y los borbotones de sangre y saliva. Dejé a Julio sentado sobre el retrete y tomé un pequeño mechón de pelo. Tenía la mandíbula muy hinchada, pero la hemorragia parecía que había empezado a remitir. Si alguien se lo encontraba, parecería una común pelea de borrachos.

Me apresuré a descender al sótano de la facultad, todo estaba perfectamente dispuesto después de varias semanas de planificación. Allí, en un aula recóndita, se encontraba mi padre postrado en su silla de ruedas, drogado y rodeado por 3 círculos concéntricos de polvo de ladrillo y tiza blanca.

-Debes incinerar la falange, el pelo y los dientes sobre grasa de cerdo. El fuego será avivado con alcohol etílico y la sangre de una gallina sacrificada in situ. El ungüento resultante será derramado al ocaso sobre la cabeza del contenedor-. Alma procedió según lo indicado por el doctor. El fuego aún seguía vivo mientras ella restregaba la mezcla por la cabeza de su padre. El olor a cabello humano y carne calcinada resultada cargante y perturbador.

-Parece que no ha funcionado- dijo ella. Pero en ese ápice de desesperación, su padre abrió los ojos exaltado. Sus pupilas se encontraban totalmente dilatadas. Confuso, hizo un ademán por levantarse. Alma no podía creer lo que contemplaba, su padre, aún como un ciervo recién nacido, se había erguido. Sin más vacilaciones ella corrió hacia él y ambos se fundieron en un enérgico abrazo. En ese momento alguien apareció, pero ella, demasiado exaltada, ni siquiera reparó en que en aquella habitación también contaban con la inestimable presencia del doctor Johannes Strauss.

Agarrada fuertemente a su padre, Alma sintió súbitamente un intenso dolor punzante en el abdomen. Miró hacia abajo y horrorizada descubrió como el brazo de su padre le había atravesado y desgarrado el vientre. El trauma recorrió su nervio espinal como un latigazo eléctrico. Su padre se le acercó al oído y le susurró:

-Pequeña Alma, muchas gracias por el regalo, esta mi forma de agradecértelo-.
Bruscamente, su padre retiró el brazo de las entrañas mientras sus intestinos se descolgaban hacia el exterior. Los fluidos corporales encharcaron el suelo.

-Querido Johannes, qué sitio más extraño has elegido para volver a abrir las puertas del infierno. Y por favor, ¿Es que nadie va a limpiar este estropicio?-.


Tumbada sobre el frío cemento la sangre inundaba sus papilas. Entre lágrimas, hundió su retina en los restos de aquel macabro ritual. Mientras, el chisporroteo incandescente de la grasa al consumirse le hizo contemplar de nuevo las luciérnagas al atardecer.

Héctor Puente 

2 comentarios:

Sarkis dijo...

DIOOOOOOOOOOOS! O.O

Da miedo!!

Me ha gustado mucho!

Costán Sequeiros dijo...

Ciertamente, todo un relato de terror, aunque no tengo muy claro que una leyenda urbana. Pero, aún así, está genial, y consigue transmitir mucho mal rollo.